Paula Zatarain Olivas
Durante siglos, la atención a las personas que hoy concebimos como enfermos mentales fue puramente custodial. En la Ciudad de México, los hombres terminaban en el Hospital de San Hipólito y las mujeres en el del Divino Salvador, conocido popularmente como “La Canoa”. En estos recintos de la época virreinal, el objetivo no era curar sino mantener el orden público y socorrer a los desvalidos por caridad.
Este panorama cambió el 1 de septiembre de 1910, cuando el presidente Porfirio Díaz inauguró el Manicomio General La Castañeda en el barrio de Mixcoac. Diseñado como un monumento a la modernidad, el nuevo hospital buscaba clasificar y tratar científicamente a 1,200 pacientes en pabellones autónomos. El 9 de septiembre de 1910, se realizó el traslado definitivo de los antiguos hospitales: 350 hombres de San Hipólito y 429 mujeres de La Canoa cruzaron las puertas del nuevo recinto, marcando el fin de la era colonial en la psiquiatría mexicana.
A pesar de su inicio ambicioso, la realidad pronto superó al proyecto. Aunque durante la Revolución (1910-1920) la institución estuvo subutilizada debido a la guerra, a partir de 1921 la población se disparó. Para finales de la década de 1930, el manicomio albergaba a más de
3,400 internos, triplicando su capacidad original. Ante este hacinamiento, en 1932 se creó el Pabellón Central, un espacio donde una nueva generación de médicos profesionalizó la psiquiatría, introduciendo laboratorios, rayos X y terapias biológicas modernas para intentar acortar las estancias.
A lo largo de sus 58 años de funcionamiento recibió a 61,480 personas. Los diagnósticos se basaron inicialmente en la escuela francesa y -desde mediados de los años 20- en la nosología de Kraepelin. Los grupos principales incluían esquizofrenia (21.3%), alcoholismo (16.7%), epilepsia (11.9%) y parálisis general progresiva (5.7%)
Los expedientes clínicos que La Castañeda generó durante casi seis décadas son fuente sumamente amplia. Revelan que la locura recibió diversos nombres y diagnósticos: esquizofrenia, sífilis avanzada, epilepsia, consecuencia del consumo de alcohol. Revelan también quién tomaba la decisión de internar a alguien, con frecuencia la familia, y qué pasaba después: cuántos se curaban, cuántos morían adentro, cuántos salían por solicitud de un pariente. El promedio de internamiento era de 18 meses, y la familia era el motor principal de las salidas, solicitando el alta de sus parientes para cuidarlos en casa en casi el 30% de los casos.
Finalmente, el peso del hacinamiento y la ineficacia del modelo asilar llevaron al Estado a diseñar su desmantelamiento. A través de la llamada «Operación Castañeda», iniciada en los años 40 con la creación de granjas psiquiátricas en los estados, se buscó descentralizar la atención. En 1968, tras 58 años de funcionamiento y haber recibido a más de 61,000 personas, el gran edificio fue clausurado y demolido, marcando el fin de un modelo y el inicio de la psiquiatría comunitaria en México.
Para saber más:
Ríos Molina, A. (coord.). (2017). Los pacientes del Manicomio La Castañeda y sus diagnósticos. Una historia de la clínica psiquiátrica en México, 1910-1968. UNAM / Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora.
Ríos Molina, A. (2009). La locura durante la Revolución Mexicana. Los primeros años del Manicomio La Castañeda, 1910-1920. El Colegio de México.
Sacristán, M. C. (2001). Una valoración sobre el fracaso del Manicomio La Castañeda como institución terapéutica, 1910-1944. Secuencia. Revista de Historia y Ciencias Sociales, (51), 91-120.

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