De fiebre a fiebre amarilla

Los primeros pasos de la epidemia en Sonora (1883)

Hiram Félix Rosas

Universidad de Sonora

hiram.felix@unison.mx

Hoy sabemos -con la ventaja de la Historia- que en agosto de 1883 se registraron los primeros casos de fiebre amarilla en Sonora. La enfermedad se transmite a través del mosquito Aedes aegypti y se convirtió en una epidemia que afectó el noroeste mexicano, especialmente a las ciudades porteñas, como Mazatlán (Sinaloa), Guaymas (Sonora) y La Paz (Baja California).

Una particularidad de este brote epidémico es que se trata del primero que se identifica para la región. Quizá por ser un mal desconocido por sus habitantes o por evitar el caos e inquietudes (sociales, políticas y económicas) que provocan este tipo de acontecimientos, las autoridades sonorenses tardaron en reconocer que se trataba de fiebre amarilla.

Este artículo documenta las reacciones de los distintos niveles del gobierno estatal ante la fiebre amarilla y la manera en que se implementaron estrategias para atender la enfermedad sin nombrarla directamente, suavizando su presencia, refiriéndola como casos de fiebre o vómito.

El 16 de agosto de 1883, con la llegada del vapor “Newbern”, procedente del puerto de Mazatlán, aparecieron los primeros casos, pero tuvieron que pasar ocho días para que se anunciara la lista de pasajeros sospechosos de fiebre. Parece que La Constitución (periódico oficial del gobierno del estado de Sonora) retrasó al máximo la publicación del problema de salud que enfrentaba Guaymas, principal puerto marítimo de la entidad.

De forma paralela y sin el sigilo que tenía la prensa oficial, entre las autoridades se comunicaba el aumento de personas enfermas. El 28 de agosto, Andrés Rivero, prefecto del distrito de Guaymas, envió un mensaje al secretario de gobierno, Ramón Corral. La carta resguardada en el fondo ejecutivo del Archivo Histórico de Sonora (tomo 87, expediente 10, 1833-1887) señala:

Me apresuro a poner en conocimiento de esa superioridad, que de cinco días a esta parte se ha comenzado a desarrollar en esta población una especie de fiebre acompañada de vómitos que se ha generalizado bastante en estos últimos días, y aunque hasta ahora no ha ocasionado la muerte de ninguno de los atacados de esta enfermedad, tampoco se cree que en tan pocos días pueda tenerse conocimiento de la gravedad del mal. La opinión de algunos facultativos [médicos] sobre estos casos, es de que la enfermedad es una especie de fiebre conocida vulgarmente con el nombre de “tonto” que en otros años también se ha desarrollado en estos puntos, con sólo la diferencia que en esta vez viene acompañada de vómitos, con más fuerza la calentura y con mayor excitación en el sistema nervioso que en los casos pasado anteriormente.

La noticia de la aparición de una epidemia de “fiebre culminante o vómito” se difundió en el estado y se tomaron medidas, incluso en los poblados cercanos a la frontera con Estados Unidos, como es el caso de Magdalena, lugar que estaba comunicado con el puerto de Guaymas gracias al recién inaugurado Ferrocarril de Sonora.

Días después, el 8 de septiembre, el secretario de gobierno -para evitar el pánico- recalcó que la epidemia no era de fiebre amarilla ni de vómito, sino de una “fiebre biliosa” ocasionada por lo riguroso de la estación. Además, continuaba el secretario Ramón Corral, eran pocas las víctimas, pues la enfermedad atacaba con “benignidad”. Tres semanas después de los primeros enfermos, se negaba la existencia de la fiebre amarilla. No obstante, para prevenir el contagio, se recomendó la limpieza de la ciudad y las habitaciones particulares.

La resistencia de las autoridades estatales para reconocer la magnitud del problema terminó el 11 de septiembre, cuando el secretario de gobierno comunicó al prefecto de Guaymas una serie de recomendaciones contra la “fiebre epidémica” que atacaba los puertos del Pacífico, la cual había adquirido un “carácter alarmante” y se hacía sentir en Hermosillo, capital de Sonora.

Para controlar la propagación de la enfermedad, el secretario recomendó lo siguiente:

1) Cuarentena rigurosa para todos los buques procedentes de la costa mexicana del Pacífico, incluyendo los puertos del Golfo de Cortés;

2) Control del traslado o detención -si fuese necesario- de personas enfermas en los vagones del ferrocarril;

3) Implementación de medidas por parte del ayuntamiento y la junta de sanidad; y

4) Evaluación de la conveniencia de terraplenar la parte baja de la bahía, en donde se concentran los miasmas a los que se atribuía el desarrollo de la epidemia.

La demora de las acciones tenía efectos contraproducentes y es un signo de la región y época. Las autoridades intervenían hasta que la dificultad (llámese prostitución clandestina, acumulación de basuras, acequias contaminadas, sarampión, cólera, viruela o fiebre amarilla) tomaba dimensiones catastróficas, precisamente cuando la población se encontraba en jaque y sus efectos nocivos eran más difíciles de revertir.

Aun con las medidas propuestas, el gobierno estatal no reconocía que la epidemia fuese provocada por la fiebre amarilla y sostenía que era una “fiebre epidémica”. No obstante, lejos del puerto de Guaymas, en el desierto de Altar, el 17 de septiembre se instaló la junta de sanidad del distrito y en su exposición de motivos afirmó que la fiebre amarilla y el vómito prieto (“enfermedades en gran manera destructoras y esencialmente contagiosas”) presentaban un terrible avance en Guaymas y Hermosillo. Esto, aseguraba dicho organismo, ponía en peligro a su distrito, especialmente a la villa de Altar, que era el “teatro del mayor tráfico”.

En el informe presentado ante el congreso del estado de Sonora, el gobernador Luis E. Torres expuso el problema de salud pública sin referir a la fiebre amarilla como causa. Comentó: “en estos momentos la nueva y temible plaga de una fiebre maligna aflige al puerto de Guaymas y amenaza contagiar a esta capital. El mal es grave y ha hecho numerosas víctimas en aquella ciudad, antes tan sana”.

Durante esta sesión, realizada el 16 de septiembre de 1883, un mes después de los primeros casos, aprovechó para solicitar apoyos extraordinarios “para evitar el mal o remediarlo en lo que sea posible”. Ante esta petición, el congreso del estado aseguró que la cámara se ocuparía de buscar la mejor manera de auxiliar a las poblaciones atacadas últimamente por la “fiebre maligna”, especialmente Guaymas, lugar que requería de los más inmediatos y eficaces auxilios.[1]

El discurso del gobernador y los diputados sonorenses hacían pública la existencia de una epidemia, pero fue hasta el 5 de octubre de 1883 -un mes y medio después del brote- cuando La Constitución publicó el primer artículo acerca de la evolución de la epidemia de fiebre amarilla.

El texto, titulado “La fiebre amarilla” explica que, cuando la epidemia comenzó a desarrollarse en Guaymas, el ejecutivo envió telegramas a todos los prefectos de distrito, instándolos a tomar las medidas necesarias para evitar su propagación, formando juntas de sanidad y convocando a médicos (donde existían) para que clasificaran la enfermedad y dictaminaran las medidas que debían adoptarse para “evitarla y combatirla”.

Sin embargo, todas las medidas implementadas para contener la enfermedad fueron ineficaces, fue imposible evitar el contagio y la epidemia atacó fuertemente al puerto de Guaymas y la ciudad de Hermosillo.

 Para octubre de 1883 la epidemia se encontraba en pleno desarrollo y según La Constitución, “casi no ha dejado una persona a quien no haya atacado”. No obstante, celebraba que la fiebre amarilla se presentó en una forma “benigna”, pues en Guaymas se calculó que fallecía el 10% de los enfermos, mientras que en Hermosillo el número era menor (4-5%). El periódico oficial indicaba que este escenario fue muy distante a las experiencias epidémicas sufridas en otras partes de la república como Veracruz, por ejemplo, en donde perecía el 60% de los atacados.[2]

Para concluir, es necesario destacar que este breve recuento del inicio de la epidemia de fiebre amarilla permite identificar dos escenarios: el que dibujan las autoridades en su correspondencia y el que se hace público a través de la prensa. En el primero podemos ver las preocupaciones inmediatas para reconocer el mal y generar acciones sanitarias; aunque el ejecutivo estatal mantuvo una postura de negación ante la posibilidad de que se tratara de fiebre amarilla, entre otras razones, para contener el caos y sus efectos en el tráfico comercial. Por su parte, el retrato que ofrece el periódico oficial está marcado por la dilación, evitan tocar el tema y la noticia aparece cuando la epidemia ya se desarrollaba con fuerza en distintas localidades.

Es evidente que la mirada histórica hacia las epidemias debe considerar las distintas voces que se resguardan en los archivos y la memoria de los sujetos. Este ejercicio documenta la perspectiva de las autoridades, tanto en su comunicación directa como en lo divulgado a través de la prensa, en donde podemos identificar cómo los casos de fiebre amarilla (por ignorancia o estrategia) se anotaban inicialmente como fiebre o vómito. Falta explorar otras fuentes, como aquellas que muestran el punto de vista de los médicos y las personas enfermas, pero esto será motivo de otra entrega, otro acercamiento a la manera en que los problemas de salud han impactado a la humanidad.


Para saber más:

Reseña del libro Cuando la muerte tuvo alas. La epidemia de fiebre amarilla en Hermosillo, 1883-1885 (Félix, 2010): https://regionysociedad.colson.edu.mx/index.php/rys/article/view/58/378


[1] La Constitución, n. 39, t. V. Hermosillo, 28 de septiembre de 1883.

[2] La Constitución, n. 41, t. V. Hermosillo, 5 de octubre de 1883.

Scène de l’épidémie de fièvre jaune à Cadix. Theodore Géricault (Francia, 1819). Museo de Bellas Artes, Richmond, Virginia (Estados Unidos): https://historia-arte.com/obras/epidemia-de-fiebre-amarilla-en-cadiz

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