espacios para la sanación del cuerpo y del alma
Gerardo Martínez Hernández
IISUE-UNAM
Una vez consumada la caída del imperio mexica en 1521, se comenzaron a plantear diversas formas para la construcción de una nueva sociedad; una sociedad que nacía de la violencia y la imposición, pero también de las alianzas, del respeto y de la espiritualidad. Los modelos de colonización que se plantearon fueron varios: los conquistadores pedían la encomienda como forma de organización social; la corona, por su parte, titubeaba sobre dicha concesión.
El arzobispo Zumárraga, como protector de indios, apoyó distintas iniciativas para el mantenimiento y gobierno de los pueblos. Por otro lado, las órdenes religiosas tenían diferencias por el tipo de regencia que debía implantarse: franciscanos y agustinos abogaban por la asimilación cultural de la nobleza indígena, los dominicos en tanto prefirieron mantenerse al margen de esta propuesta.
Del otro lado se encontraban los pueblos indios, algunos aliados de los conquistadores y otros que quedaron a merced de las disposiciones de los actores triunfantes. Ante el intento de imposición de una nueva religión, algunos indígenas se sintieron abandonados por sus antiguos dioses y cayeron en la tristeza y el desgano vital. En cambio, otros hallaron la forma de adaptar sus cosmogonías a las formas y advocaciones del cristianismo.
Al mismo tiempo, y relacionado con las circunstancias anteriormente descritas, las poblaciones indígenas habían comenzado a padecer diferentes enfermedades completamente desconocidas para ellas y cuya mortandad nunca habían visto. En 1542 el fraile franciscano Toribio de Benavente, mejor conocido como Motolinía, escribió sobre los tres grandes males que aquejaron a los naturales de estas tierras a la llegada de los españoles: la guerra, la pestilencia y la hambruna.

El fraile hacía referencia a la epidemia de viruela de 1520 que apareció en medio de la guerra de conquista y que se convirtió en un factor decisivo en la posterior caída de la ciudad de Tenochtitlán. Después, en 1545, hizo su aparición “una pestilencia grandísima y universal, donde, en toda esta Nueva España, murió la mayor parte de la gente que en ella había”. Esta segunda gran epidemia fue quizá la más letal entre la población autóctona. Ante el estupor causado por la mortalidad y la rápida dispersión de las enfermedades, los indios buscaron explicaciones basados en sus antiguas creencias, mientras que las autoridades civiles y eclesiásticas trataron de detener el avance de epidemias con un altísimo índice de mortalidad.
Una de las primeras medidas que aplicaron las diversas autoridades (ayuntamientos, órdenes religiosas, obispos y rey) para paliar la crítica situación de las poblaciones indígenas fue la instauración de hospitales. El hospital, como institución de asistencia a los pobres y enfermos, surgió bajo el sentimiento religioso medieval.
La Iglesia primitiva exhortó a sus fieles a que prestasen auxilio a los enfermos y necesitados. Para ello apeló a la virtud teologal de la caritas, es decir, del amor a Dios y al prójimo. A partir de entonces se estableció como una virtud auxiliar al necesitado mediante una acción desinteresada, creándose de esta forma una actitud condescendiente hacia el sufrimiento ajeno.
La expansión del cristianismo tuvo una repercusión directa sobre la atención al desvalido a través de la asistencia a los pobres, enfermos, incurables y moribundos. Surgió así una forma de ayuda organizada para toda la población, que condujo a la creación del hospital como institución.
La contribución más importante del cristianismo antiguo consistió en revalorar la dedicación caritativa hacia los desamparados, quienes dejaron de ser considerados como pobres desgraciados que tenían que estar apartados de la sociedad por cargar con los estigmas de sus pecados manifestados por la enfermedad.
Otro cambio que produjo el pensamiento cristiano fue la hospitalidad al enfermo. Desde el siglo XV se había iniciado un proceso de separación del hospital medieval en dos instituciones con características diferentes: el hospital, destinado a los enfermos, y los asilos para pobres. Ambos problemas tenían estrecha relación debido a que eran asuntos públicos que debían ser atendidos por las autoridades.
Los hospitales aparecieron en la capital de la Nueva España desde muy tempranas fechas. En el siglo XVI fueron creados seis en la Ciudad de México. En 1524 Hernán Cortés fundó el Hospital de la Purísima, o de Jesús, para atender a los españoles caídos en desgracia durante la Guerra de Conquista, aunque también en este recinto se aceptó a nobles indígenas que se habían aliado con los conquistadores.

Hacia 1528 se abrió el Hospital de San Lázaro para atender a la población afectada por la lepra. Por las mismas fechas, en 1529, los franciscanos abrieron una enfermería para los indios, que en 1553 se convirtió en el Hospital Real de Indios. En 1540 el obispo Zumárraga abrió el Hospital del Amor de Dios dedicado a la atención de los bubosos o enfermos del morbo gallico, como se conocía entonces a la sífilis. El Hospital de San Hipólito o de Convalecientes, abierto en 1567, atendió a gente pobre y desahuciada, entre los que destacaron los enfermos mentales. Finalmente, en 1582 el médico y comerciante, doctor Pedro López, con su propio peculio abrió y mantuvo el Hospital de la Epifanía o de los Desamparados en el que se recibían niños abandonados, mestizos y población de origen africano.
Por otro lado, a tres leguas de la ciudad de México se hallaba el Hospital de Santa Fe, que más que un hospital, fue una congregación de indios creada en 1531 por el obispo Vasco de Quiroga bajo el modelo de la Utopía de Tomás Moro. En este pueblo-hospital se intentó implementar un orden basado en los preceptos del cristianismo primitivo en donde no existía la propiedad privada sino la organización comunal en la que cada miembro de la comunidad tenía derechos y obligaciones.
En este marco, los hospitales dedicados a la atención al indígena se volvieron piezas fundamentales en el proyecto de evangelización y colonización, pues no eran sólo centros de atención médica, sino que además cumplían con una amplia gama de servicios sociales entre los que destacaban el auxilio a las poblaciones menos favorecidas, el alojamiento a peregrinos, la enseñanza de algunos oficios y la administración de servicios religiosos.
Los hospitales novohispanos deben mirarse como lugares en los que principalmente se daba atención espiritual a los enfermos. La mayoría de los atendidos no lograban salir con vida. De hecho, era frecuente que mucha gente pobre fuera a terminar sus días a uno de estos lugares, más en busca de consuelo espiritual que de la sanación corporal.
En los hospitales se concretaba el ideal del cristianismo primitivo en el que la pobreza y la enfermedad eran una expresión de lo sagrado. Sin embargo, la realidad chocaba con las intenciones de los evangelizadores, como lo explicaba Gerónimo de Mendieta: “ni se pudo ni se puede conseguir que los indios entren en el hospital a curarse, si no es algún pobre que no tiene quien mire por él. Los demás quieren morir en sus casas que alcanzar la salud en el hospital”.
Los hospitales fueron pensados como lugares donde se podía paliar la precaria situación del indio y donde también se le podía redimir de sus pecados. Un requisito presente en las normas para hospitales de naturales era que los indios profesaran la fe católica y que cumplieran con los mandatos de la Iglesia. De no atender estos preceptos, al indio se le podía negar el acceso al recinto hospitalario y por lo tanto también la atención sanitaria, pues la idea original de los espacios conventuales y hospitalarios era brindar una atención holística en la que se debía sanar tanto el cuerpo como el alma.

Los religiosos tenían bien claro que si no se procuraba primero el ánima no se podía lograr la sanación de lo material. Por ello, Bernardino de Sahagún, proponía, en su Libro primero de la Historia general de las cosas de la Nueva España que el “médico de ánimas”, es decir el religioso que se dedicaba a la conversión de los indios, tenía que conocer bien las idolatrías, pues éstas representaban la enfermedad espiritual. Sahagún lo decía con estas palabras: “para curar las enfermedades espirituales conviene que tengan experiencia de las medicinas y de las enfermedades espirituales, el predicador de los vicios de la república, para enderezar contra ellos su doctrina, y el confesor, para saber preguntar lo que conviene y entender lo que dijesen tocante a sus oficios”.
Los misioneros concebían la sociedad indígena como un cuerpo que era aquejado por la enfermedad de la idolatría, la cual debía ser extirpada. Para realizar la extirpación era necesario conocer muy bien sus prácticas y representaciones, pues los mismos misioneros reconocían que los indios “hacen muchas cosas idolátricas sin que lo entendamos”. Ritos, tradiciones, creencias, dioses y mitos de los indígenas eran concebidos por los misioneros como una desviación moral producida por engaño demoniaco, por lo tanto, si el alma se encontraba corrompida, el cuerpo también era susceptible de estarlo.
El cristianismo desde sus inicios decretó, siguiendo antiguas tradiciones paganas, que la enfermedad era un castigo especial por una vida pecaminosa. Santo Tomás, retomando a San Pablo, desarrolló la teoría del mysterium doloris, en la que se estipula que existen enfermedades y dolores durante el tránsito terrenal del hombre, lo cual es un misterio impenetrable. Así, según esta tradición, dios causa las enfermedades o las permite; el hombre, por su parte trata de evitarlas o las combate con los recursos de su ingenio.
Para saber más:
López Terrada, María Luz (1996), “El hospital como objeto histórico: los acercamientos a la historia hospitalaria”, Revista d’Història Medieval, núm. 7, pp. 192-204.
Martínez Hernández, Gerardo (2022), “The social and cultural construction of medicine in New Spain: The Hospital of San Joseph de los Naturales in Mexico City, 16th Century” Intus Legere Historia, 16, 1, pp. 173-191
Pardo Tomás, José (2018), “Hospitals in Mexico City in the 16th Century: Conversion medicine and the circulation of medical knowledge”, en Amélia Polónia, Fabiano Bracht y Gisele C. Conceição (eds.), Conenecting Worlds: Production and circulation of knowledge in the Firts Global Age, Newcastle, Cambridge Scholars Publishing, pp. 154-182.
Rodríguez, Martha Eugenia (2006), “Un espacio para la atención del indígena. El Hospital Real de Naturales”, en Noé Esquivel Estrada (comp.), Pensamiento Novohispano 7, México, Universidad Autónoma del Estado de México, pp. 105-116.
Rubial, Antonio (2002), La evangelización de Mesoamérica, México, CONACULTA.
Venegas, Carmen (1973), Régimen hospitalario para indios en la Nueva España, México, Secretaría de Educación Pública, Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Fuente: https://www.mexicodesconocido.com.mx/hospital-de-jesus.html#galeria

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