Dos azotes: epidemia y guerra de independencia en el oriente del obispado de Michoacán, 1813-1814

José Gustavo González Flores

Universidad Autónoma de Coahuila / gonzalez_gustavo@uadec.edu.mx

De 1810 a 1815 se desarrolló la primera etapa del proceso de independencia iniciado por el movimiento de Miguel Hidalgo. En el oriente del obispado michoacano, como en casi toda la Nueva España, hubo una epidemia entre 1812-1814 conocida con diferentes nombres, tales como “fiebres misteriosas” o “fiebres epidémicas” debido al síntoma principal que presentaban los enfermos.

Michoacán comunicaba a la ciudad de México con la Nueva Galicia y su capital Guadalajara; por esto, cuando estalló el movimiento insurgente, fue una zona de conflictos y ajetreo constante de tropas realistas e insurgentes. Ante esta situación la sociedad se polarizó: muchos apoyaron la causa insurgente, pero otros prefirieron mantenerse al margen o apoyar a los realistas.

En el oriente del obispado de Michoacán había tres parroquias cuyas sedes eran los tres poblados más importantes de la región: Tlalpujahua, real minero de donde emanaron los hermanos López Rayón y un grueso grupo de simpatizantes de la insurgencia, Maravatío y Taximaroa (actualmente Ciudad Hidalgo). La guerra provocó algunas migraciones por la incertidumbre social, la violencia y la cantidad de muertos que empezaba a crecer.

Esta situación de conflicto propició la dispersión de la enfermedad epidémica conocida como las “fiebres misteriosas”. La epidemia se originó en el famoso “Sitio de Cuautla” de 1812, donde se enfrentaron Morelos y Félix María Calleja. Por los síntomas se le ha asociado al tifo exantemático, enfermedad que se diseminaba con facilidad en condiciones poco higiénicas, falta de agua, alimento y hacinamiento de personas. La epidemia se propagó por todo el oriente de Michoacán entre mediados del 1813 y fines de 1814.

En cifras brutas, el número de muertes de 1813 fue de 2,134 en las tres parroquias. En Maravatío perecieron 1,196; en Taximaroa 404 y en Tlalpujahua 534 (sin contar a las castas que no aparecen en los registros). Para 1814 la cifra de muertos alcanzó los 1,924 decesos (621 en Maravatío, 769 en Taximaroa y 534 en Tlalpujahua).

Estas cifras fueron el doble o hasta el triple de las muertes cotidianas en años sin epidemia. Las muertes por las “fiebres misteriosas” superaron por mucho a los decesos registrados por la guerra insurgente. Otra de las consecuencias fue la reducción de los nacimientos, por lo menos en los dos años posteriores.

En la sobremortalidad de estos años, la guerra insurgente tuvo su papel protagónico. El constante ajetreo de personas y tropas incidió decisivamente para que su dispersión fuese más veloz y efectiva. Las fiebres o tifo de 1813-1814 fue la principal causa de muerte entre los más de cuatro mil individuos que perecieron en las parroquias de Tlalpujahua, Taximaroa y Maravatío, siendo esta última la más castigada con alrededor de mil ochocientos.

A lo largo de la historia, guerra y muerte epidémica han sido dos azotes que coinciden con frecuencia. Tal es la reiteración de estos eventos que en la cultura occidental son dos de los “cuatro jinetes del apocalipsis” con los que se representa el temor por el fin de la existencia humana.

Theubet de Beauchamp, Les Indiéns á la Bateille de Las cruzes en 1810”, siglo XIX, acuarela, 23.2 x 36.4 cm, colección Biblioteca del Palacio Real de Madrid. Fuente: https://scielo.conicyt.cl/img/revistas/cuadhist/n47//0719-1243-cuadhist-47-00007-gf1.jpg

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